Autor: Carla

Sería estimulante

Sería estimulante la noticia de que en un encuentro empresarial al que asistió el ministro de economía y dos candidatos presidenciales se hubiesen abordado temas de economía y género, como por ejemplo:

– Dada la casi nula presencia de mujeres en los altos cargos empresariales,  ¿se debieran establecer cuotas de género en los directorios de las empresas?

– ¿Cual es el mejor método para evitar que las empresas no contraten mujeres en edad reproductiva?

– Sueldos para dueñas de casa: El trabajo reproductivo también es trabajo. ¿El crecimiento económico está basándose en el trabajo no remunerado de mujeres que entregan su vida a cambio de techo y comida?

Seguro a todas las lectoras se les ocurren otros temas igual de importantes.

Sería estimulante porque se sentiría como si vivieramos en un país de verdad, en el que el bien común de “todas y todos” es lo que importa de verdad.

Pero no, la noticia es que en el encuentro de empresarios Asexma Chile, la única figura femenina en el estrado fue una muñeca de plástico con la boca tapada y la vagina abierta.

Y los machos progre en redes sociales diciendo que le están dando color,  que no es tan grave. (machos defendiendo a otros machos, cuéntame una historia nueva).

En todo caso, si la analogía era “estimular la economía es como estimular a las mujeres”… Resulta aún más patético notar que el símbolo elegido no tiene ni remotamente algo que ver con estimular a una mujer. Es una muñeca inflable, una representación femenina con dos hoyos hecha para frotar el pene, un juguete hecho por hombres y para hombres.

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Confieso que he violado

Tan naturalizada está la cultura de la violación y el racismo, que un hombre blanco y con poder puede incluir el relato de una violación como una anécdota más de sus memorias, y no pasa nada.

En este texto, Neruda cuenta cómo violó a la mujer que le limpiaba la mierda mientras él ocupaba el cargo de Cónsul en Colombo.

El relato completo, a continuación. Al final, algunos comentarios míos.

“Mi solitario y aislado bungalow estaba lejos de toda urbanización. Cuando yo lo alquilé traté de saber en dónde se hallaba el excusado que no se veía por ninguna parte. En efecto, quedaba muy lejos de la ducha; hacia el fondo de la casa.

Lo examiné con curiosidad. Era una caja de madera con un agujero al centro, muy similar al artefacto que conocí en mi infancia campesina, en mi país. Pero los nuestros se situaban sobre un pozo profundo o sobre una corriente de agua. Aquí el depósito era un simple cubo de metal bajo el agujero redondo.

El cubo amanecía limpio cada día sin que yo me diera cuenta de cómo desaparecía su contenido.

Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba.
Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias.(1) Iba vestida con un sari rojo y dorado, de la tela más burda. En los pies descalzos llevaba pesadas ajorcas. A cada lado de la nariz le brillaban dos puntitos rojos. Serían vidrios ordinarios, pero en ella parecían rubíes.

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.

Era tan bella que a pesar de su humilde oficio me dejó preocupado. Como si se tratara de un animal huraño, llegado de la jungla, pertenecía a otra existencia, a un mundo separado(2). La llamé sin resultado.

Después alguna vez le dejé en su camino algún regalo, seda o fruta. Ella pasaba sin oír ni mirar. Aquel trayecto miserable había sido convertido por su oscura belleza en la obligatoria ceremonia de una reina indiferente.(3)

Una mañana, decidido a todo(4), la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara (5) No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama.(6) Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua.(7) Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible(8). Hacía bien en despreciarme(9). No se repitió la experiencia”.

Texto extraído de “Confieso que he vivido”, libro de memorias de Pablo Neruda.

Página 44: http://ww2.educarchile.cl/…/File/articles-101760_Archivo.pdf

(1) Los Parias (o Dalits), son el eslabón más bajo del sistema de castas de la India. Según las creencias hindúes, son personas que no pertenecen a ninguna casta. A los parias solo se les permite realizar trabajos marginales, y son frecuentemente víctimas de crímenes como asesinatos, linchamientos o violaciones.

(2) No una persona, no un igual.

(3) A Neruda no parece importarle lo que pensaba o quería ella de él.

(4) Para tener sexo con ella.

(5) No le sonrió, no buscó gustarle, ni comunicarse con ella de alguna forma. Solo se asegura de que a ella no le queden dudas.

(6, 7 y 8) ¿Consentimiento?

(9) “Soy un loquillo”.

Por qué al The Clinic no le salen los chistes

22813_635943986541523_6886663420580167723_nParto diciendo que esta idea no es mía, se la estoy robando a las comediantes Alicia Murillo y Malena Pichot, pero se aplica tan bien al caso del Clinic que me gustaría que la conocieran todxs.

La cosa es así:

Si una persona usa su posición de privilegio en la sociedad para hacer chistes sobre grupos oprimidos, solo está reforzando el privilegio y la opresión, por lo que no resulta gracioso sino violento, tonto, fome.

O en otras palabras:

El hombre blanco no puede reírse de nadie más que de sí mismo, porque es el culpable de todo. (*1)

Por eso al The Clinic le sale tan mal y forzado su parada de “firmes junto al pueblo”, y por eso sus chistes sobre maracas no son más que el machismo rancio y fome de siempre.

Solo un gay puede usar la palabra “maricón” y no sonar ofensivo, solo un pobre puede reírse de los pobres y causar gracia, solo una mujer puede hacer chistes con la palabra “maraca” y provocar risa.

El humor tiene que ser hacia dentro y hacia arriba, todo lo demás no es humor negro, sino BLANCO (*2), blanco de hombre blanco y de clase alta, blanco de dueño del The Clinic.

(*1 y *2) Frases robadas casi en forma textual a las grandes Pichot y Murillo, respectivamente.